En situaciones en las que el desenfreno me hace cometer acciones que deambulan en mi sangre, me desangro por no tener a un experto en estos tipos de hemorragias y derrames. En esos momentos me hago cicatrices de los cuales me arrepiento después. El aire haciéndome un nudo en la garganta acida de nostalgia me exprime gélidas lagrimas que se disparan. Se dispara el llanto tortuoso hacia los inencontrables campos de calma en mi interior en llamas, Y no hay nadie que posponga su tiempo para prestarle al miserable dolor de mi alma una cálida palabra. No hay nadie que me vea entre los vegetales cuerpos deambulantes que interfieren en mí cruzar. No hay nadie que me tienda una mano y menos que me ofrezca las dos para poderme levantar. Mi esperanza sabe amarga y mi conciencia entro el letargo mientras voy cortándome los hilos de la conciencia que me hace sentirme humano. Y no hay nadie que me detenga, que me regale un detente y no te muerdas. No hay, ni he visto una enfermera, que dé la pócima a esta enferma manía de vivir entre cavernas fúnebres dentro del alma. No he visto crecer felicidad en mi sonrisa tácita e intransitable. No he visto mi amarga vida desprenderse de la acides que emana, no he visto a nadie que me comprenda. Y yo sigo dándole disparos a mi cabeza hueca. Filosofando con los muertos que viven en libros viejos, aun sigo preguntando cuanto me queda de tiempo. He alquilado este imperfecto e ambiguo cuerpo a cambio de mi paz eterna. Aun nadie me despierta del sueño que me detiene en la esquina poblada de polvo. Aun nadie se detiene a mirar el sendero con otra mirada que no sea la de desprecio. Aun no he visto nadie llegar hasta donde he llegado entre sueños. Aun no pasa nadie con alma por estas calles donde sobra la carne amarga con diferentes caracteres. Y sigo esperando encontrarme con alguien.
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